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NARANJAS DE LA CHINA

EL RISUEÑO "KAMIKAZE"

El risueño “kamikaze” abre la puerta y, esbozando su habitual sonrisa de oreja a oreja, se para, me mira y saluda “¡nihao!” (¡hola!). “¡Nihao!” le respondo yo, apartando la vista de la pantalla de mi ordenador y alzando el brazo en alto. Ritual cumplido. Como todos los días al acercarse la hora de salir del trabajo.

El risueño “kamikaze” es el taxista que nos recoge diariamente para llevarnos de vuelta desde la empresa hasta Shanghai. Nadie le ha pedido que lo haga, pero desde el primer día que llegó en respuesta a un aviso por teléfono, no ha fallado en esta auto-asignada responsabilidad diaria. Bueno, en realidad no es diaria, sino día sí, día no. Alterna el servicio con otro colega taxista. Los días que no viene, acude su compañero. La explicación de esta alternancia se basa en los intensivos turnos de trabajo que hace estos conductores.

No es extraño que algunos taxistas en Shanghai hagan turnos de hasta 20 horas seguidas. Es una forma de rentabilizar el coche al máximo, que así no para prácticamente más que en la gasolinera o en el taller (y aquí, normalmente, cuando ya no queda otro remedio).

“Trabaja como un animal, duerme como una planta” suele decirse de los taxistas aquí. Yo añadiría: “y conduce como Mad Max “. Estos conductores no se arredran ante nada. El tamaño y la potencia de sus coches no son obstáculos para medirse en adelantamientos a otros vehículos mejores o, simplemente más grandes (pongamos por caso, camiones portacontenedores: cerca de 20 metros de largo con una enorme caja de metal como carga).

El taxi chino es como un mosquito impaciente e impertinente. Busca el hueco en el adelantamiento, o simplemente lo crea mediante bocinazos y ráfagas luminosas, o, de manera más expeditiva, metiendo en morro entre otros dos coches para forzarles a que dejen espacio. Así, tal cual, con un par, por que él lo vale.

En el caso del risueño “kamikaze” esto se cumple al pie de la letra. Práctica una conducción, temeraria, inquieta, nerviosa. No sabe quedarse quieto en un carril, aunque no necesite adelantar. La mera presencia de otro vehículo en las inmediaciones es considerada una provocación, que se resuelve mediante el preceptivo adelantamiento, bajo el lema: “pista, que voy”.

La tranquilidad y paciencia taoístas no son aplicables a esta actividad. El tráfico no es un río en qué dejarse llevar, sino una especie de pista de carreras donde poner a prueba los reflejos y los redaños del conductor. Y la tranquilidad y nervios de sus pasajeros.

UNA SIESTECITA

UNA SIESTECITA

¿Quién no ha afirmado en alguna ocasión que “cualquier sitio es bueno para echar una cabezadita”? Los chinos han llevado esta expresión a un extremo tal, que puede considerarse que su capacidad de echarse un sueñecito en cualquier momento o posición se debe a un condicionamiento genético.

Un paseo por cualquier ciudad china da fe de esta realidad. Es frecuente encontrarse en una tienda a la dependienta doblada sobre el mostrador, la cabeza escondida entre los brazos. El motorista, roncando imposiblemente tumbado sobre el asiento y el manillar de su moto aparcada en la acera. El recadero despatarrado en la caja de su triciclo-carretilla en el bochorno de un mediodía de julio.

Basta pasar por delante de un restaurante a media tarde para contemplar a través de los cristales a las camareras “desvanecidas” sobre las mesas. Incluso en el metro, la gente aprovecha para su cabezadita, sea sentada o de pie. Es habitual ver parejas recostadas, recogidas sobre si mismas, compartiendo, tal vez, no sólo unos momentos de descanso, sino también de contacto, de sentirse el uno al otro en una intimidad inconcebible en el apretado empaquetamiento humano del vagón de metro. Hasta la policía se concede un respiro, aunque sean tres agentes plácidamente dormidos en el interior de un coche patrulla.

Duerme el anciano encogido en su hamaca a la puerta de su tienda y duerme el chiquillo, desmadejado en los brazos de su madre. El obrero en su momento de descanso o simplemente cuando nadie le manda qué hacer.

La imagen de frenética laboriosidad que se suele atribuir a los chinos se estrella contra esta realidad. ¿Es el chino en realidad de natural perezoso? ¿O es que también duerme “laboriosamente”?

EL SEÑOR DE LOS LADRILLOS

Aviso para desilusión de los fans de Tolkien: esto no es una parodia de “El Señor de los Anillos”. Tampoco es la historia de ningún magnate chino del negocio inmobiliario.

El diario “Shanghai Daily” publicaba hace unos días la noticia de un maestro jubilado que había iniciado una campaña contra los conductores desaprensivos que se saltaban los semáforos en rojo. Hasta aquí todo parece un episodio sin mucha enjundia, aunque de un civismo digno de loa. Pero sucede que la campaña consiste en arrojar ladrillos a los vehículos infractores.

Este señor había reclamado y conseguido la instalación de un semáforo en un cruce dónde había sido atropellada una anciana meses antes. El nuevo semáforo funcionaba perfectamente. Sus luces verdes y rojas se encendían en la secuencia y momentos requeridos. Lo que no se encendía debidamente era el respeto de los conductores a tales señales. Los coches no paraban cuando el semáforo estaba en rojo. Ni siquiera reducían la velocidad para dar tiempo a los peatones que estuvieran cruzando o a punto de cruzar.

El maestro jubilado decidió entonces reclamar la atención pública sobre el problema. Ignoro si recurrió a su antigua experiencia docente, o a algún proverbio chino equivalente a nuestro “la letra con sangre entra”. El hecho es que, provisto de ladrillos, se apostó en el cruce y comenzó a lanzar sus proyectiles a todo vehículo que hacía caso omiso a la luz roja.

Es un hecho: Los chinos conducen muy mal. No siguen la señalización ni las normas de tráfico, a menos que un policía esté a la vista. No respetan semáforos, ni pasos de cebra, ni prohibiciones de giros. No tienen ningún reparo en parar en medio del tráfico para girar 180º y cambiar de sentido. Si tienen prisa, invaden los carriles para bicicleta (a menudo aislados de la calzada por vallas metálicas) a gran velocidad. Amablemente, asustan, quiero decir, amenazan, perdón, avisan, a bocinazo limpio de su presencia a los ciclistas que “entorpecen” su ruta.

Los peatones tampoco se caracterizan por su prudencia o respeto a las normas. Aunque haya un asistente de tráfico, cuyo único poder coacción es un silbato y no la autoridad de un agente de policía, es habitual ver al chino o china de turno lanzándose a pecho descubierto en medio del tráfico para cruzar la calle cuándo y por dónde le parezca. Y lo hará con la tranquila seguridad o la completa ignorancia (quién sabe realmente qué) respecto del riesgo que supone. Todo esto tiene lugar sin ni siquiera un mal gesto, ni de conductores, ni de peatones, ni de agresores, ni de agredidos.

Por lo dicho, pues, llama mucho la atención el colérico gesto de este ciudadano. Su contundente respuesta ante la ausencia de respeto por unas normas que tratan de ordenar el comportamiento de conductores y peatones, así como protegerles.

¿No nos olvidamos nada? ¿No echamos a faltar nada en la historia de este justiciero? La polémica se ha centrado en la imprudencia de sus víctimas, no en el hecho de los ladrillazos en si mismos. Hasta el momento no consta mención sobre los posibles daños personales o materiales que la puntería del anciano haya ocasionado (el artículo informaba de que en un solo día acertó a 30 coches). Tampoco consta denuncia alguna contra el digno jubilado. Sí consta que ha recibido un gran apoyo de los “netizens” (net-citizens) o internautas. Esto último, la expresión de opiniones sobre todo tipo de temas por medio de la red, comienza a ser un elemento muy interesante en la sociedad china, por más que la censura sea un obstáculo importante en el uso de Internet a este lado de la Gran Muralla. Así que ya hay excusa para dedicarles unas líneas otro día.

UNA DE BANCOS (y II)

Seguimos donde lo dejamos en la última entrada del blog. Esperando el turno en un banco chino y observando a la clientela.

Está el “digno hombre de negocios”, con sus pantalones subidos hasta las axilas y portando un bolso de mano (lo que se venía en llamar “mariconera”, vamos), del cual saca o al cual introduce abultados fajos de billetes de 100 yuanes. Billetes que habrán de pasar por una de las omnipresentes máquinas de contar billetes en algún momento, a un lado o a otro de la mampara de seguridad. Este tipo de maquinitas las hay en casi todo tipo de establecimientos y se llegan a utilizar hasta para contar ¡un solo billete!

Está el occidental grande como un armario y acompañado por una minichina. Lo de “mini” no es peyorativo, es la impresión que da la comparación de tamaños entre ambos, que hace que la muchacha parezca una miniatura. Ella será la que lleve la voz cantante en la gestión, lógicamente, por su dominio del idioma y de las costumbres y usos bancarios chinos. De vez en cuando, traducirá piadosamente al occidental. Aunque debe reconocerse que, en realidad, el personal de ventanilla en los bancos (al menos en grandes ciudades) se defiende bastante bien en inglés.

Está el anciano o anciana, de aparente extrema edad, que avanza con pasitos lentos y cortos hacia la ventanilla. Los gestos implicados en la operación (manejar el dinero, sacar una tarjeta o la cartilla de ahorros, pulsar contraseñas, cumplimentar los formularios) también son lentos y cortos.

Está la “fashion victim”. Chica china joven, estilosa ella, delgada, melena larga, piernas largas (normalmente una minifalda o shorts muy cortos permiten verificar esta característica anatómica), tacones altos, gafas oscuras muy grandes, bolso de marca colgado del antebrazo, este último alzado verticalmente sosteniendo la cartera, documentos o elementos precisos para la operación.

Está el que acude al banco en pijama. Pero esto no deja de ser una consecuencia de la costumbre existente en Shanghai de ir a comprar o incluso pasear en pijama cuando viene el buen tiempo. No obstante, choca encontrarse semejantes personajes en una sucursal situada justo en una zona donde se concentran varios hoteles y tiendas de marca de lo más exclusivo de la ciudad.

Está el señor o señora de mediana edad (nada más de particular en cuanto a su aspecto) que se enzarza en agria discusión con el personal del banco. Esto en si, no resulta muy peculiar. En realidad tampoco es una discusión, puesto que el empleado suele limitarse a concentrar la mirada en la pantalla de su ordenador y a manosear papeles. Es decir, prácticamente ninguna reacción a lo que sucede al otro lado de la mampara de seguridad. El cliente, mientras tanto, proseguirá con su protesta, que más de enfado, y desconociendo lo que dice, da la impresión de ser de ofensa, por el aire de “firme indignación” (como podría decirse usando la retórica con que a veces gustan de expresarse los chinos) que parece revestir su cólera. De otra manera: dónde un español se “cabrea” (con todo lo que comporta de gestos, menciones a familiares próximos de la otra parte, valoraciones sobre la verdadera profesión de los empleados de banco, alusiones nostálgicas a dictadores fallecidos, e incluso amenazas), un chino se “indigna”.

Se pueden encontrar algunos de los anteriores clientes entrando en cualquier sucursal bancaria china. Principalmente en grandes ciudades. Seguramente, en poblaciones más pequeñas o en el entorno rural, pueden hallarse otros tipos igual de interesantes o más. El tamaño de China y sus peculiares costumbres, combinados con actividades y procedimientos como los bancarios, comerciales y burocráticos, producen situaciones, personajes y comportamientos de lo más interesante y entretenido para el observador.

UNA DE BANCOS (I)

Cuando se habla de conocer un país, normalmente se piensa en las diferencias culturales que marcan costumbres, formas de vestir, de expresarse, etc. Algo como muy sociológico, antropológico o, incluso, folklórico (elíjase el término que proceda o se prefiera). Pero puede ser tan interesante o más el experimentar como cambian situaciones tan prosaicas como la de ir a un banco.

En China el sistema bancario tiene sus peculiaridades. Los principales bancos están controlados por el estado, sea tanto desde el gobierno central como desde los gobiernos provinciales. Este es el dato técnico. Vayamos al dato costumbrista, que es más entretenido.

En primer lugar, un banco chino es un lugar al que ir a pasar un rato, que puede ser más o menos largo, pero nunca corto. Normalmente habrá gente esperando ser atendida. Por tanto hay que hacer cola, como en los nuestros. Pero no hay por qué hacerla de pie. Las sucursales suelen estar generosamente dotadas de asientos para hacer más cómoda la más que probable larga espera. Así que llegas y te sientas esperando tu turno. Tu turno, porque previamente habrás tomado un ticket de una máquina expendedora. Como ejemplo de lo barata que puede ser la mano de obra o, tal vez como deferencia a los clientes, puede haber una persona aparcada al lado de la máquina para indicarte (amablemente señalando con el dedo, o menos amablemente con un gruñido) que debes pulsar un botón para obtener tu papelito. También puede no haber nadie o te puede orientar en el trámite uno de los guardias de seguridad que patrullan la sucursal y que, al mismo tiempo, ejercen de conserjes (ya entraré en esto más adelante). Tienes ya tu papel y tu asiento (no suele haber problema en esto último, no es el metro). Ahora sólo queda un largo rato de espera.

El tiempo transcurre mientras se manosea el papelito con el número, vigilando las pantallas que informan del número de turno y la ventanilla donde se atiende, y desesperando de la lentitud con que avanza el servicio. Se intuye desde la ignorancia del paciente espectador que, o los procedimientos bancarios chinos son muy complicados, o que los clientes chinos realizan operaciones sumamente complejas, a tenor del tiempo que cada uno de ellos ocupa la ventanilla. No parece haber familiaridad en el trato, ni excesiva conversación entre personal y clientes. Sin embargo, toda gestión se eterniza en una sucesión de intercambio de papeles por la ventanilla, pulsación de códigos en unas pequeñas consolas al efecto, firmas, y sellos, sobre todo sellos, por parte del personal del banco. Cada formulario es estampado por varios sellos, que el empleado selecciona con profesional rapidez de una bien dotada batería de los mismos que descansa sobre su mesa. A esto hay que añadir la posible necesidad de fotocopiar algún documento o identificación personal. Entonces se llama a unos de los guardas de seguridad que recogen los papeles y se los llevan a fotocopiar. También puede proceder la asistencia de uno de los supervisores que se pasean por detrás de sus empleados, arriba y abajo con las manos a la espalda. Cuando se supone que la operación demandada por el cliente requiere alguna autorización especial, allá van blandiendo su sello particular o una tarjeta que pasan por un lector junto al ordenador.

Así pasa el rato. Una forma de distraerse, al menos en las primeras visitas a una sucursal y hasta que se agota la novedad,  es observar a los otros clientes. Y me refiero a los clientes chinos. Pero esto queda para una segunda parte.

USO ¿Y ABUSO? DE LA BICICLETA

USO ¿Y ABUSO? DE LA BICICLETA

Hace años la imagen tópica de las calles chinas era una escena plagada de bicicletas. Aunque todavía son abundantes, en los últimos años han sido progresivamente reemplazadas por motocicletas y coches. No obstante, los vehículos de dos ruedas siguen siendo muy habituales en sus variantes de tracción por simple pedaleo o mediante un motor (eléctrico o de explosión). La bicicleta o la motocicleta es un objeto casi icónico en la cultura popular china, desde su uso como simple elemento de paseo hasta como puntal básico de muchos negocios (taxis, mensajeros, chatarreros o transporte de los más variados materiales). Recorriendo las calles, es fácil encontrar curiosos ejemplos de la combinación de estos tres elementos: bicicleta o motocicleta, conductor y/o pasajero/s, mercancía transportada. Lo que sigue es una relación de algunas de estas combinaciones. Podrían ser ilustradas por imágenes pero la cámara no siempre esta a punto. Ahí va la selección: china comiendo con palillos encajada delante de su chino en la moto, china sentada detrás con 2 chinitos colgados como fardos de ambos brazos, chinito de pie en el hueco entre su padre y el manillar, chinito sentado en una banqueta detrás del manillar delante de su padre, moto transportando carga de poliexpán 10 veces mayor en volumen que el transporte, bicicleta remolcada por moto por acoplamiento manual (es decir la china en la bicicleta sujetaba con una mano el manillar y con la otra se agarraba a la trasera de la moto), china con motocicleta saliendo del ascensor, motocicleta aparcada en rellano acompañada de montón zapatos (los vecinos del propietario de la moto discretamente suelen dejar un platillo con incienso quemándose…), chino acuclillado detrás del manillar y delante del conductor, chino en motocicleta conduciendo con una mano mientras la otra sostiene un paraguas (abierto), chinito incrustado entre chino y china en motocicleta, chino conduciendo con casco de obra, chino conduciendo con casco de marine, chino conduciendo con casco nazi…

SHANGFERMIN

Sí. Shangfermín. No he ido nunca a unos Sanfermines en Pamplona (y es algo que me habría gustado hacer) pero he ido a los que se organizan en Shanghai. Sí, sé que la cosa tiene narices, pero es lo que hay. Una peña navarra organiza desde hace varios años una fiesta cuando en el calendario toca el chupinazo. Vale que no hay encierros ni el desmadre propio de la fiesta en Pamplona, pero por lo demás la cosa está muy bien: vino, cerveza, sangría, tortilla, paella, chorizitos a la sidra, gazpacho… hasta chistorra. Un navarro, ya mayor el hombre, me comentó que él y los que le acompañaban habían pasado parte del “material”, hasta 8 kg, por la aduana china.

Al Shangfermín había que acudir de blanco riguroso. La organización se encargaba de proporcionar la faja y el pañuelo rojo. En seguida la bota circuló hasta que el blanco dejó de ser blanco. Una banda tocaba en directo temas españoles para españoles, porque la verdad, apenas se veía algún anglosajón extraviado o la novia china de alguien. En algún momento se podía llegar a pensar que uno se encuentraba de marcha en España. Supone un respiro, en medio de un ciudad tan enorme como Shanghai, con tanta variedad de gentes, encontrar ese pequeño momento de recuerdo del hogar.

CADA CHINO A LO SUYO Y SIN ENFADARSE

Los chinos son muchos, y en ciudades como Shanghai viven y se desplazan muy apretados. Si lo primero o lo segundo (imagino que ambas cosas) determinan  alguno de sus comportamientos, todavía no lo tengo muy claro.

Sea el caso del metro. De acuerdo que siendo un transporte rápido y económico resulta muy popular, lo que hace que se aprieten dentro de los vagones todo lo que dé de si el contener la respiración. Pero los constantes intentos de acceso en tromba al interior de un vagón en el que objetivamente no cabe nadie ni nada más superan mi entendimiento.

O los talleres de bicicletas: un portal, una caja de herramientas y un cacho de acera. Da igual que la acera tenga un metro de ancho, el “taller” la invade, o la empuerca con tornillos, cadenas y grasas, de tal forma que hay que bajar a la calzada, exponiéndose a vehículos de 2 y 4 ruedas. Algunos de los cuales circulan sin luces, aunque sean las 11:00 de la noche.

El respeto por las normas de circulación: ¿por qué no saltarse un semáforo rojo o atravesar un paso de cebra por en medio de los peatones que lo cruzan?, ¿por qué no circular por la acera en bicicleta o motocicleta? ¿por qué no girar 180º aprovechando el hueco de una mediana para cambiar de sentido?

Todo esto, y más, lo hacen sin, aparentemente, molestarse entre si. Aun no he presenciado ninguna discusión por un mal empujón en el metro, o por verse casi arrollado por un taxi en un cruce o una bicicleta en una acera.

Parece imponerse el siguiente razonamiento: a mi no me perjudica, entonces tampoco a los demás… y cada uno (chino) lo asume con total naturalidad e indiferencia.

COMO ALGUNOS CHINOS ENCUENTRAN PAREJA

COMO ALGUNOS CHINOS ENCUENTRAN PAREJA

Hoy hablaremos de la sección de relaciones en versión china. Más allá de los anuncios en periódicos o revistas buscando pareja, o de las páginas web, en China (al menos en Shanghai) existe otra alternativa. Son los padres los que buscan "colocar" a sus hijos, ignoro si con su conocimiento y consentimiento. Me habían hablado de esta costumbre, pero hasta hace poco, y por casualidad, no me topé cara a cara con ella.

En un parque que hay en People´s Square, los padres se reunen en una especie de mercadillo donde el producto expuesto son sus hijos e hijas en edad de casamiento. Cuelgan de los arbustos, o apoyan contra las paredes o los muestran ellos mismos, carteles donde exponen datos sobre la edad, altura, peso, teléfono, profesión y sueldo de su hijo/hija. Parece haber indicaciones de la edad requerida a la posible pareja. Imagino que también habrá alguna nota sobre aficiones. A veces hasta hay fotos.

Se ve que en China, en las ciudades, cada vez más la gente se dedica por completo a su trabajo y no le queda tiempo para otras cosas. Las otras cosas son el matrimonio, que para los chinos es una institución casi sagrada. O lo era, pues tradicionalmente siempre se consideró que las dos cosas más importantes en la vida eran tener un trabajo y tener una familia. Así que los padres, cuando el hijo o la hija no se les casan, dan nietos, o simplemente no se les van de casa, deciden tomar cartas en el asunto.

Lo dicho, la gente se pasea por el parque mencionado, mirando aquí y allá. Los "vendedores", en general, no ponen mucho entusiasmo en vender el "producto". Alguno llega con paso cansino, saca el cartelito y se sienta al lado a echar el rato. A veces parece que se entablan negociaciones (entre los padres, pues los usuarios finales de la mercancía no se pasean por allí). Supongo que todo esto no es más que una adaptación urbana de la costumbre de los matrimonios concertados.

DE CENA

Hace unos días hubo cena de compromiso. La dueña de la nave que tenemos en alquiler nos invitó a mi colega español, a otro compañero chino como intérprete y a mi. Nos acompañaban también unos amigos (chinos) de ella. Gente de pasta todos ellos. Restaurante caro en plena zona donde una tienda es Gucci, la siguiente Rolex, la siguiente Armani y así sucesivamente…

La cena consistió en casi veinte platos, ya que las comidas chinas suelen consistir en el picoteo de varios platos. Y para resaltar la importancia de una ocasión, cuántos más platos mejor. De hecho en la celebración del año nuevo uno de los puntos importantes es la comida: se trata de preparar la mayor cantidad posible de platos y, si puede ser, complicados para atraer la buena suerte.

20 platos, más o menos, regados con cerveza (un camarero estaba pendiente siempre de rellenar el vaso). Y la anfitriona que se empeña en sacar vino. Y saca 2 botellas. No pude apreciar (seré sincero, no consigo recordar…) qué vino. Pero era muy bueno y seguramente caro, muy caro (por si sólo, ya sin contar lo que se encarece aquí el vino, sea bueno o malo). Vale, cerveza, mucha, y vino, pues casi también. Estos chinos no suelen apreciarlo demasiado. De hecho, los que estaban con nosotros le seguían haciendo más caso al té caliente que al buen caldo que nos habían servido. Pero la anfitriona y una de sus amigas hicieron los honores. Varios brindis y algunos “kampai” (brindis que exige apurar la copa) y nos fuimos entonando. Sobre todo la mencionada amiga, que con 4 palabras de inglés que sabía, y la ayuda de nuestro colego chino como interprete, nos fue amenizando la cena. Por ejemplo: se había comprado coche y al poco de sacarlo del concesionario (el mismo día o al día siguiente) le dejó tirada. Como no sabía cuál era el problema, recurrió a alguien que pasaba por allí, que inmediatamente descubrió la avería: se había quedado sin gasolina. El coche en cuestión es un Mercedes CLS500 en el cual luego nos fuimos a tomar unas copas (mientras tanto y mientras seguía bebiendo la tipa hacía gestos de que no debía beber, que tenía que conducir, que la policía la iba a esposar…).

Las copas: en un bar de la planta 39 del Hilton. El lugar era de película, con una impresionante vista nocturna de los rascacielos iluminados. Y tal cuál nos sentamos encima de la mesa aparecieron dos botellas de Jack Daniells y Baileys (“guait chocolait” repetía la espabilada conductora una y otra vez) y un cubitera rebosante de hielo. Por supuesto, cualquier descenso en el nivel de alcohol en nuestras copas (con el consiguiente aumento de dicho nivel en nuestra sangre) activaba automáticamente una operación de reposición de la anfitriona.

Completando el ambiente en el local actuaba una banda guiri. Bastante buenos tocando y cantando. Una de las canciones que atacaron consistió en un popurrí latino y, juro que no pedimos nada, pero en él sonó: ¡POROPOMPOOON-POROPON-POROPONPERO-PERO-POROPOM-POROPOMPERO-PERO! (también “Caballo de la sabana”, pero ya se sabe que a Julio Iglesias se le supone más internacional que a Manolo Escobar). Y la pelirroja que lo cantó no lo hizo mal;  bien de acento, aunque, claro, sin “pasión española”. No hicimos los coros: para qué estropear patéticamente el momento.

Así fue transcurriendo la noche, hasta no muy tarde, y conteniendo la sed de bourbon, pues el día siguiente era… martes.