UNA SIESTECITA
¿Quién no ha afirmado en alguna ocasión que “cualquier sitio es bueno para echar una cabezadita”? Los chinos han llevado esta expresión a un extremo tal, que puede considerarse que su capacidad de echarse un sueñecito en cualquier momento o posición se debe a un condicionamiento genético.
Un paseo por cualquier ciudad china da fe de esta realidad. Es frecuente encontrarse en una tienda a la dependienta doblada sobre el mostrador, la cabeza escondida entre los brazos. El motorista, roncando imposiblemente tumbado sobre el asiento y el manillar de su moto aparcada en la acera. El recadero despatarrado en la caja de su triciclo-carretilla en el bochorno de un mediodía de julio.
Basta pasar por delante de un restaurante a media tarde para contemplar a través de los cristales a las camareras “desvanecidas” sobre las mesas. Incluso en el metro, la gente aprovecha para su cabezadita, sea sentada o de pie. Es habitual ver parejas recostadas, recogidas sobre si mismas, compartiendo, tal vez, no sólo unos momentos de descanso, sino también de contacto, de sentirse el uno al otro en una intimidad inconcebible en el apretado empaquetamiento humano del vagón de metro. Hasta la policía se concede un respiro, aunque sean tres agentes plácidamente dormidos en el interior de un coche patrulla.
Duerme el anciano encogido en su hamaca a la puerta de su tienda y duerme el chiquillo, desmadejado en los brazos de su madre. El obrero en su momento de descanso o simplemente cuando nadie le manda qué hacer.
La imagen de frenética laboriosidad que se suele atribuir a los chinos se estrella contra esta realidad. ¿Es el chino en realidad de natural perezoso? ¿O es que también duerme “laboriosamente”?
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