DE CENA
Hace unos días hubo cena de compromiso. La dueña de la nave que tenemos en alquiler nos invitó a mi colega español, a otro compañero chino como intérprete y a mi. Nos acompañaban también unos amigos (chinos) de ella. Gente de pasta todos ellos. Restaurante caro en plena zona donde una tienda es Gucci, la siguiente Rolex, la siguiente Armani y así sucesivamente…
La cena consistió en casi veinte platos, ya que las comidas chinas suelen consistir en el picoteo de varios platos. Y para resaltar la importancia de una ocasión, cuántos más platos mejor. De hecho en la celebración del año nuevo uno de los puntos importantes es la comida: se trata de preparar la mayor cantidad posible de platos y, si puede ser, complicados para atraer la buena suerte.
20 platos, más o menos, regados con cerveza (un camarero estaba pendiente siempre de rellenar el vaso). Y la anfitriona que se empeña en sacar vino. Y saca 2 botellas. No pude apreciar (seré sincero, no consigo recordar…) qué vino. Pero era muy bueno y seguramente caro, muy caro (por si sólo, ya sin contar lo que se encarece aquí el vino, sea bueno o malo). Vale, cerveza, mucha, y vino, pues casi también. Estos chinos no suelen apreciarlo demasiado. De hecho, los que estaban con nosotros le seguían haciendo más caso al té caliente que al buen caldo que nos habían servido. Pero la anfitriona y una de sus amigas hicieron los honores. Varios brindis y algunos “kampai” (brindis que exige apurar la copa) y nos fuimos entonando. Sobre todo la mencionada amiga, que con 4 palabras de inglés que sabía, y la ayuda de nuestro colego chino como interprete, nos fue amenizando la cena. Por ejemplo: se había comprado coche y al poco de sacarlo del concesionario (el mismo día o al día siguiente) le dejó tirada. Como no sabía cuál era el problema, recurrió a alguien que pasaba por allí, que inmediatamente descubrió la avería: se había quedado sin gasolina. El coche en cuestión es un Mercedes CLS500 en el cual luego nos fuimos a tomar unas copas (mientras tanto y mientras seguía bebiendo la tipa hacía gestos de que no debía beber, que tenía que conducir, que la policía la iba a esposar…).
Las copas: en un bar de la planta 39 del Hilton. El lugar era de película, con una impresionante vista nocturna de los rascacielos iluminados. Y tal cuál nos sentamos encima de la mesa aparecieron dos botellas de Jack Daniells y Baileys (“guait chocolait” repetía la espabilada conductora una y otra vez) y un cubitera rebosante de hielo. Por supuesto, cualquier descenso en el nivel de alcohol en nuestras copas (con el consiguiente aumento de dicho nivel en nuestra sangre) activaba automáticamente una operación de reposición de la anfitriona.
Completando el ambiente en el local actuaba una banda guiri. Bastante buenos tocando y cantando. Una de las canciones que atacaron consistió en un popurrí latino y, juro que no pedimos nada, pero en él sonó: ¡POROPOMPOOON-POROPON-POROPONPERO-PERO-POROPOM-POROPOMPERO-PERO! (también “Caballo de la sabana”, pero ya se sabe que a Julio Iglesias se le supone más internacional que a Manolo Escobar). Y la pelirroja que lo cantó no lo hizo mal; bien de acento, aunque, claro, sin “pasión española”. No hicimos los coros: para qué estropear patéticamente el momento.
Así fue transcurriendo la noche, hasta no muy tarde, y conteniendo la sed de bourbon, pues el día siguiente era… martes.
2 comentarios
Pablo -
Alex -