UNA DE BANCOS (I)
Cuando se habla de conocer un país, normalmente se piensa en las diferencias culturales que marcan costumbres, formas de vestir, de expresarse, etc. Algo como muy sociológico, antropológico o, incluso, folklórico (elíjase el término que proceda o se prefiera). Pero puede ser tan interesante o más el experimentar como cambian situaciones tan prosaicas como la de ir a un banco. En China el sistema bancario tiene sus peculiaridades. Los principales bancos están controlados por el estado, sea tanto desde el gobierno central como desde los gobiernos provinciales. Este es el dato técnico. Vayamos al dato costumbrista, que es más entretenido. En primer lugar, un banco chino es un lugar al que ir a pasar un rato, que puede ser más o menos largo, pero nunca corto. Normalmente habrá gente esperando ser atendida. Por tanto hay que hacer cola, como en los nuestros. Pero no hay por qué hacerla de pie. Las sucursales suelen estar generosamente dotadas de asientos para hacer más cómoda la más que probable larga espera. Así que llegas y te sientas esperando tu turno. Tu turno, porque previamente habrás tomado un ticket de una máquina expendedora. Como ejemplo de lo barata que puede ser la mano de obra o, tal vez como deferencia a los clientes, puede haber una persona aparcada al lado de la máquina para indicarte (amablemente señalando con el dedo, o menos amablemente con un gruñido) que debes pulsar un botón para obtener tu papelito. También puede no haber nadie o te puede orientar en el trámite uno de los guardias de seguridad que patrullan la sucursal y que, al mismo tiempo, ejercen de conserjes (ya entraré en esto más adelante). Tienes ya tu papel y tu asiento (no suele haber problema en esto último, no es el metro). Ahora sólo queda un largo rato de espera. El tiempo transcurre mientras se manosea el papelito con el número, vigilando las pantallas que informan del número de turno y la ventanilla donde se atiende, y desesperando de la lentitud con que avanza el servicio. Se intuye desde la ignorancia del paciente espectador que, o los procedimientos bancarios chinos son muy complicados, o que los clientes chinos realizan operaciones sumamente complejas, a tenor del tiempo que cada uno de ellos ocupa la ventanilla. No parece haber familiaridad en el trato, ni excesiva conversación entre personal y clientes. Sin embargo, toda gestión se eterniza en una sucesión de intercambio de papeles por la ventanilla, pulsación de códigos en unas pequeñas consolas al efecto, firmas, y sellos, sobre todo sellos, por parte del personal del banco. Cada formulario es estampado por varios sellos, que el empleado selecciona con profesional rapidez de una bien dotada batería de los mismos que descansa sobre su mesa. A esto hay que añadir la posible necesidad de fotocopiar algún documento o identificación personal. Entonces se llama a unos de los guardas de seguridad que recogen los papeles y se los llevan a fotocopiar. También puede proceder la asistencia de uno de los supervisores que se pasean por detrás de sus empleados, arriba y abajo con las manos a la espalda. Cuando se supone que la operación demandada por el cliente requiere alguna autorización especial, allá van blandiendo su sello particular o una tarjeta que pasan por un lector junto al ordenador. Así pasa el rato. Una forma de distraerse, al menos en las primeras visitas a una sucursal y hasta que se agota la novedad, es observar a los otros clientes. Y me refiero a los clientes chinos. Pero esto queda para una segunda parte.
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