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NARANJAS DE LA CHINA

EL RISUEÑO "KAMIKAZE"

El risueño “kamikaze” abre la puerta y, esbozando su habitual sonrisa de oreja a oreja, se para, me mira y saluda “¡nihao!” (¡hola!). “¡Nihao!” le respondo yo, apartando la vista de la pantalla de mi ordenador y alzando el brazo en alto. Ritual cumplido. Como todos los días al acercarse la hora de salir del trabajo.

El risueño “kamikaze” es el taxista que nos recoge diariamente para llevarnos de vuelta desde la empresa hasta Shanghai. Nadie le ha pedido que lo haga, pero desde el primer día que llegó en respuesta a un aviso por teléfono, no ha fallado en esta auto-asignada responsabilidad diaria. Bueno, en realidad no es diaria, sino día sí, día no. Alterna el servicio con otro colega taxista. Los días que no viene, acude su compañero. La explicación de esta alternancia se basa en los intensivos turnos de trabajo que hace estos conductores.

No es extraño que algunos taxistas en Shanghai hagan turnos de hasta 20 horas seguidas. Es una forma de rentabilizar el coche al máximo, que así no para prácticamente más que en la gasolinera o en el taller (y aquí, normalmente, cuando ya no queda otro remedio).

“Trabaja como un animal, duerme como una planta” suele decirse de los taxistas aquí. Yo añadiría: “y conduce como Mad Max “. Estos conductores no se arredran ante nada. El tamaño y la potencia de sus coches no son obstáculos para medirse en adelantamientos a otros vehículos mejores o, simplemente más grandes (pongamos por caso, camiones portacontenedores: cerca de 20 metros de largo con una enorme caja de metal como carga).

El taxi chino es como un mosquito impaciente e impertinente. Busca el hueco en el adelantamiento, o simplemente lo crea mediante bocinazos y ráfagas luminosas, o, de manera más expeditiva, metiendo en morro entre otros dos coches para forzarles a que dejen espacio. Así, tal cual, con un par, por que él lo vale.

En el caso del risueño “kamikaze” esto se cumple al pie de la letra. Práctica una conducción, temeraria, inquieta, nerviosa. No sabe quedarse quieto en un carril, aunque no necesite adelantar. La mera presencia de otro vehículo en las inmediaciones es considerada una provocación, que se resuelve mediante el preceptivo adelantamiento, bajo el lema: “pista, que voy”.

La tranquilidad y paciencia taoístas no son aplicables a esta actividad. El tráfico no es un río en qué dejarse llevar, sino una especie de pista de carreras donde poner a prueba los reflejos y los redaños del conductor. Y la tranquilidad y nervios de sus pasajeros.

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